Hace unos diez mil setecientos años, en la sierra sur del Perú, en Asana (sierra alta de Moquegua), el frío de la noche entra por la piel. Asana fue primero un campamento a cielo abierto de visitas de temporada. Después la ocupación de altura se vuelve permanente y bajan los materiales costeros en los conjuntos del valle: la gente se queda más tiempo arriba.
Familias levantaron casas ovoides o cónicas marcadas por hoyos de poste. Fogones internos daban calor y luz contra el hielo nocturno. La tela de las paredes no se conservó; raspadores, piedras de bruñir y punzones de hueso apuntan a un trabajo intenso de cueros: ropa y, probablemente, cubiertas de abrigo para el techo. Cazaban camélidos y taruca. Partían huesos quemados para sacar médula y grasa. Quedarse en la sierra alta significó techo y fogón, no solo puntas olvidadas en una cueva. El humo se pega a la piedra; los niños miran cómo se raspa la piel.
Más tarde, hace unos seis mil a casi siete mil años, otras familias siguieron armando hogares domésticos a esa altura —entonces de los más tempranos conocidos en los Andes sur-centrales—. Esas edades no se mezclan con el umbral temprano de permanencia. Asana hace visible el “quedarse” como casas y hogares concretos. La cordillera sur también se volvió patria con techo, humo y rutina diaria: despertar con frío, cuidar el fuego, cocinar médula, dormir bajo postes.
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