Hace unos nueve mil a cuatro mil quinientos años, en casas pequeñas de Paloma y Chilca, anochece y el humo del fogón interior se queda bajo el techo de junco. La casa cabe en pocos pasos: unos diez metros cuadrados, postes de sauce, esteras que huelen a sal y a humedad. Afuerita, sobre piedras, aún arde el fogón de cocina. Adentro, el fuego chico abriga pies y manos. En Chilca el aire es igual de salobre; en Asana, más arriba, el frío muerde y las paredes —probablemente de cuero— guardan el calor del fogón dentro de la casa ovoide.
Se duerme aquí. Se enseña aquí. A veces, cuando la familia deja la choza, alguien descansa bajo el piso de una casa ya vacía: el muerto sigue cerca del humo que marcó el centro del grupo. En Paloma hubo muchas casas así —más de cincuenta— y más de doscientas personas vivieron o fueron enterradas en y alrededor de esos hogares. No eran palacios. Eran techos bajos donde el día se repartía en círculo.
Alguien talla piedra junto a la entrada. Alguien raspa una piel hasta que queda suave. Alguien asa marisco o, en la sierra, un trozo de camélido. Los niños miran sin hablar: aprenden el golpe, el humo, el turno de la comida. Hace unos nueve mil años, en Wilamaya Patjxa, enterraron a una mujer adulta con herramientas de caza y de trabajo de cueros: la subsistencia no pedía un solo papel rígido; se compartía el oficio.
En Asana las casas tempranas también tenían fogón interno; más tarde otras familias siguieron armando hogares en altura. La vida social cabía en esa escala: casa chica, fogón compartido, tareas a la vista. La civilización empieza ahí —en el olor a humo, en la estera fría al amanecer, en manos que enseñan sin discurso— mucho antes de cualquier plaza o montículo.
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