Hace unos doce mil ochocientos a diez mil seiscientos años, en la Cueva del Guitarrero —a unos dos mil quinientos ochenta metros sobre el río Santa—, familias usaron esa cavidad seca como base: cazaban venado y presa chica; tallaban madera, hueso y asta; raspaban cueros. El abrigo guarda calor de fogón y olor a fibra. En niveles tempranos hay indicios de postes y clavijas de madera compatibles con abrigos de piel.
Sobre todo trabajaban plantas. Rollos de fibra procesada, docenas de cordeles —con nudo y sin nudo—, textiles finos y fragmentos de esteras en técnicas de tejido abierto y cerrado. Fibras de bromeliáceas y de la familia del agave. Fechas directas sobre esos objetos de cuerda y tela sitúan esa ventana segura. El trabajo de fibra sugiere que había mujeres en esos grupos tempranos de altura.
Mucho se dijo de frijoles domésticos hallados junto a carbón antiguo. Esa lectura antigua cayó cuando se dataron los frijoles mismos: en los Andes el frijol común aparece miles de años después, y el pallar también mucho más tarde que aquella cifra de diez mil años. La cueva enseña abrigo, cordaje, esteras y ropa contra el frío nocturno —no una aldea agrícola. Es la mejor ventana orgánica de cómo la gente de altura media se abrigaba milenios antes de las ciudades.
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