Hace unos doce mil años, en el piso medio de Ancash —entre el desierto costero y la puna fría, a unos dos mil quinientos a tres mil quinientos metros—, la gente subía y bajaba esa escalera ecológica según la estación. En el Callejón de Huaylas, en terrazas del río Marcará, Quishqui Puncu quedó a unos tres mil cuarenta metros. Allí hay hachas, microcuchillas, raspadores y puntas. La fibra del Guitarrero ancla la ocupación segura de la región.
Campamentos abiertos en terraza fluvial; cuevas secas para trabajar fibra y cuero; puestos de caza más altos para venado y presa chica. Las herramientas cambiaban según el lugar: unas para tallar, otras para raspar pieles, otras para cazar. El valle medio era puente entre laderas que miran a la costa y pastizales más fríos. El viento ya muerde la cara; el ichu todavía no domina.
Hacia Cajamarca los abrigos arcaicos conocidos son escasos: no conviene inventar una red densa de sitios. Lo que sí se ve en Ancash es un hábitat real de altura media —caza, talla de piedra local, procesamiento de pieles y plantas, movimiento vertical—. Vivir en la sierra no era solo puna o solo playa. Había un piso intermedio donde el cuerpo ya siente el frío y las manos siguen el ritmo del día: tallar, raspar, subir, bajar.
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