Hace entre unos quince mil y ocho mil años, en la desembocadura del Chicama, el aire huele a limo y a humo de totora. Familias llegan a la terraza, encienden un fogón bajo, comen y parten. Capas de tierra estéril separan esos campamentos cortos: a veces pasan siglos antes de que alguien vuelva a calentar las mismas piedras. La presencia humana fue intermitente: no un pueblo fijo, sino fogones que se apagan y se rehacen.
Las herramientas más antiguas eran mínimas. Cantos rodados afilados por un solo lado bastaban para abrir conchas, limpiar pez o raspar un cuero. En los niveles más profundos no hay anzuelos ni arpones ni bifaces elaborados. El menú era un mosaico: mariscos del barro, peces cercanos, lobos marinos —probablemente atrapados o golpeados—, aves de mar, plantas y animales de humedal. Un poco de venado y plantas silvestres del interior. Ya en el Holoceno temprano aparecen restos de palta, calabaza, ají y mate junto a la comida del mar.
Pesas de piedra para trampas de totora ayudan a imaginar la pesca en aguas quietas. Lo que se ve no es una capital: son campamentos donde la gente cooperaba en círculo, sin jefaturas visibles. Lo importante no es el montículo negro que vendría después. Es la vida ordinaria de familias que comían del mar y del pantano con manos simples, mucho antes de levantar plataformas. El humo, el barro frío al amanecer y el pez asado cuentan ese tramo largo de fogones discontinuos.
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