Hace milenios, en la selva baja del Perú —ríos Ucayali, Loreto, Napo, Huallaga—, el río huele a humedad y a hoja podrida. El aire pega a la piel. Un día arcaico temprano aquí casi no se puede contar todavía: faltan los fogones estratificados, los campamentos claros, las manos que dejaron rastro comparable a Huaca Prieta, Jaguay o Cuncaicha. El mapa tiene grandes espacios en blanco. Esa ausencia también es historia.
Secuencias cerámicas clásicas de Yarinacocha y el Ucayali hablan de épocas posteriores, con alfarería. Inventarios recientes de Loreto muestran cientos de sitios antes inéditos: el bosque no estaba vacío en tiempos prehispánicos, pero eso no es todavía una cronología de forrajeros del Pleistoceno final. En otras partes de la cuenca amazónica —Brasil, Colombia, Bolivia— sí hay ventanas tempranas de forrajeo. Esas fechas de vecinos no se copian automáticamente al Perú.
Aquí, ríos que cambian de cauce destruyen o entierran sitios de llanura; suelos húmedos comen lo orgánico. Imaginar el día —el chapoteo del agua, el calor bajo el dosel, un fogón junto a la ribera— es fácil; probarlo en capas antiguas claras, todavía no. Más tarde, pueblos ribereños pescaron, cultivaron vegas e hicieron ollas —pero eso no es el capítulo arcaico temprano. La Amazonia profunda no fue un vacío eterno en la cuenca; y, para el Perú bajo temprano, el día vivido sigue en gran parte por contarse.
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