Hace más de diez mil años, en la pampa entre Chicama y Jequetepeque, el sol quema la piel y esa llanura era menos árida: caracoles de tierra, lagartijas y vizcachas corrían entre matorrales. El aire huele a polvo caliente y a piedra golpeada. Allí, en Pampa de los Fósiles y la Quebrada de Cupisnique, cazadores tallaban al aire libre desde el amanecer.
Las manos afilaban puntas bifaciales con pedúnculo y extremo fino como aguja. Muchas iban, según se piensa, en astas de caña. También afilaban herramientas unifaciales una y otra vez hasta agotarlas. El día era cantera, lasca que salta, pieza a medio terminar, el golpe seco del percutor. El polvo de sílice pica en la garganta; los niños recogen lascas lejos del golpe.
Comían sobre todo animales de tierra. En algunos fogones de Cupisnique, el pez y el marisco eran la parte menor del menú. Había piedras de moler para plantas. Los campamentos quedaban a menudo a quince kilómetros o más de la orilla actual; entonces el mar quedaba más lejos hacia el oeste.
Bandas más grandes se movían entre la pampa y las laderas andinas. Con el tiempo, algunos lugares se volvieron más locales. Enterraron a diecinueve personas: cuerpos que la memoria del grupo guardó bajo la tierra seca, no solo nombres perdidos. Vivir lejos de la playa, con piedra muy especializada en las manos, fue una forma propia de habitar la costa norte: calor, polvo, caza de tierra y el filo fino de la punta de aguja.
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