Hace unos doce mil cuatrocientos años, en Cuncaicha bajo el Coropuna —a cuatro mil cuatrocientos ochenta metros, en la cuenca de Pucuncho—, el aire es fino y el frío muerde los huesos. Cuncaicha es un abrigo de roca; Pucuncho, un taller a cielo abierto unos metros más abajo. Ya hay ocupación robusta en Cuncaicha. En el taller de Pucuncho hay puntas de cola de pez de hace unos doce mil ochocientos a once mil quinientos años.
El trabajo diario era cazar vicuña, guanaco y taruca; despostar con obsidiana, andesita y jaspe locales; raspar cueros para abrigo. El techo ahumado y la basura del piso leen como base residencial al menos parte del año. Más adelante, en el Holoceno temprano, personas enterradas en Cuncaicha muestran química de cuerpos criados en altura: hacia hace nueve a ocho mil quinientos años hay señales de residencia permanente en la puna.
El uso en el Pleistoceno final está claro; si ya vivían todo el año en ese frío extremo sigue en discusión. Algunos ven campamento base intenso; otros mantienen modelos estacionales para los niveles más antiguos. Lo que no se discute: el Perú arcaico incluyó gente que aprendió a cazar y abrigarse en uno de los ambientes habitados más duros de la Tierra, milenios antes de cualquier ciudad.
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