Hace unos diez mil setecientos años, en Asana, sierra alta de Moquegua, el frío de la noche entra por la piel. Asana fue primero un campamento a cielo abierto de visitas de temporada. Después la ocupación de altura se vuelve permanente y bajan los materiales costeros en los conjuntos del valle: la gente se queda más tiempo arriba.
Familias levantaron casas ovoides o cónicas marcadas por hoyos de poste. Fogones internos daban calor y luz contra el hielo nocturno. La tela de las paredes no se conservó; raspadores, piedras de bruñir y punzones de hueso apuntan a un trabajo intenso de cueros: ropa y, probablemente, cubiertas de abrigo para el techo. Cazaban camélidos y taruca. Partían huesos quemados para sacar médula y grasa. Quedarse en la sierra alta significó techo y fogón, no solo puntas olvidadas en una cueva. El humo se pega a la piedra; los niños miran cómo se raspa la piel.
Más tarde, hace unos seis mil a casi siete mil años, otras familias siguieron armando hogares domésticos a esa altura —entonces de los más tempranos conocidos en los Andes sur-centrales—. Esas edades no se mezclan con el umbral temprano de permanencia. Asana hace visible el “quedarse” como casas y hogares concretos. La cordillera sur también se volvió patria con techo, humo y rutina diaria: despertar con frío, cuidar el fuego, cocinar médula, dormir bajo postes.
1364 characters