Hace unos diez mil años, cerca de donde hoy está Talara, al pie de los cerros de Amotape, el viento del norte trae olor a mangle y a sal. Bandas pequeñas acampaban junto a ojos de agua en el desierto. No eran pueblos. Eran fogones que se encendían y se apagaban según la marea y el agua dulce.
La orilla era más cálida y más rica en manglares de lo que parece hoy. La gente recolectaba mariscos en el barro del estuario y pescaba en aguas cercanas. Sus herramientas de piedra eran sencillas: lascas de cuarzo y calcedonia, afiladas por un solo lado. No necesitaban puntas elaboradas para abrir una concha o limpiar un pez.
Sitio Siches guarda esa historia en capas de huesos de peces de mar. El campamento se extendía sobre un espacio amplio, pero las familias no se quedaban fijas. Se movían unos kilómetros tierra adentro cuando el manantial daba, y volvían a la costa cuando el manglar ofrecía comida. El agua era preciosa: un filtradero a varias horas de caminata podía decidir el día.
Esa vida del litoral norte no es la misma que la de los cazadores del desierto más al sur. Aquí el ritmo era el de la marea, el barro y el pez. Antes de cualquier montículo o plaza, ya había gente que sabía vivir del mar y del manglar con manos expertas y fogones pequeños.
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