Hace casi tres mil años, entre la sierra de los Tuxtlas y las llanuras del Golfo, un bloque de basalto rodaba y se deslizaba bajo cuerdas, palancas y espalda humana. El llano aluvial casi no tiene piedra grande; por eso el volcán lejano —a decenas de kilómetros— era tesoro. Los cargadores sudaban; el barro chupaba los pies; el río ofrecía balsas cuando el cauce lo permitía. No había carretas con ruedas ni animales de tiro: solo ingenio, ritmo y mucha gente unida en el tirón.
A veces bastaban bloques redondeados de campos de lava o depósitos de lodo volcánico, sin abrir una cantera profunda. Otras veces el camino era más duro, entre lomas y calor. Llevar varias toneladas no era solo transporte: era espectáculo de liderazgo y de comunidad. Cuando la piedra llegaba, tallarla y, años después, volver a tallarla o moverla era más sensato que traer otra desde tan lejos.
Imagina el crujido de rodillos de madera, el canto que marca el tirón, el olor a resina y a sudor. Cerros de la sierra dieron basalto a San Lorenzo y La Venta; cerca de Tres Zapotes, otras fuentes locales alimentaron monumentos. Al final del día, alguien se sentaba junto al bloque y lo miraba como se mira a un visitante sagrado.
La piedra había viajado. El pueblo también había viajado con ella, paso a paso, hasta la plaza.
Al mediodía, el calor pegaba en la nuca; alguien ofrecía agua en un güaje; el bloque avanzaba otro palmo hacia la plaza.
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