Hace tres mil años, en las tierras bajas del sur de Veracruz y del oeste de Tabasco, el río olía a barro fresco después de la crecida. El agua bajaba del interior, dejaba un manto fértil sobre las orillas y los jardines, y luego se retiraba como un animal que vuelve a su cauce. En los pantanos brillaban tortugas; en las redes temblaban peces plateados; en las islas de tierra firme crecían milpas pequeñas entre árboles de sombra.
Una niña veía pasar una canoa cargada de cestas: el río era camino antes que cualquier senda de piedra. Más allá, hacia la sierra de los Tuxtlas, se alzaban volcanes oscuros que guardaban basalto duro; pero aquí, en el llano aluvial, la gente vivía del agua y del suelo renovado. No era una selva vacía ni un solo pantano sin fin: había lomas, cauces, esteros y claros donde se escuchaba el chapoteo y el canto de aves al amanecer.
Así crecieron aldeas más densas, fogones más numerosos, manos que aprendieron a sembrar y a pescar en el mismo día. El corazón de esa costa —lo que hoy llamamos Olman— no era un imperio con nombre escrito, sino un paisaje generoso donde el barro pegaba a los tobillos y el maíz olía dulce al cocerse. Vivir con la inundación era sabiduría: respetar la subida, aprovechar la bajada, guardar semillas en vasijas frías.
Al atardecer, el humo se mezclaba con vapor de agua. Alguien remaba despacio; otro afilaba una lasca. El Golfo respiraba, y con él crecía una escala nueva de vida.
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