Dejó de bastar el campamento que se arma y se desarma cada luna. En varios rincones de México antiguo, las familias empezaron a reconstruir la casa en el mismo sitio año tras año. Decir «aquí vivo» se volvió costumbre, y el umbral empezó a oler a humo conocido.
Los hogares típicos usaban postes de madera, paredes de barro o adobe y techos de paja: materiales que casi no sobreviven, salvo como hoyos de poste y fragmentos quemados. En Paso de la Amada, algunas casas se alzaron sobre plataformas de tierra: pisos más secos y edificios que se notaban desde lejos. En Tehuacán hay indicios de viviendas semisubterráneas en fases de estancia más larga; en Oaxaca y el Occidente, caseríos con fogones interiores, hoyos de guarda y basureros de familia.
Los edificios grandes pudieron ser casas de reunión o de líderes: el debate sigue. No dibujamos palacios de piedra ni templos en cada montículo. Asentarse cambió la infancia, el almacenamiento y la ayuda entre vecinos… aunque el viaje nunca desapareció del todo.
Huele a paja nueva después de la lluvia; alguien repara un poste; los niños corren entre fogones. Así se aprende a echar raíces sin olvidar del todo el camino.
Bajo el techo de paja, alguien cuenta un cuento a los niños. La casa escucha: ya no es solo refugio, es vecindario.
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