En orillas de lagos de la Cuenca de México, cuando aún pastaban animales enormes, cazadores y carniceros dejaron su marca en piedra y hueso. En Santa Isabel Iztapan, puntas y navajas aparecieron junto a restos de mamut: los filos muestran cortes de despiece, como si alguien hubiera abierto la carne con paciencia junto al lodo, no solo clavado una lanza en el flanco.
En Tocuila, una gran acumulación de huesos de mamut quedó atrapada en lodo volcánico: la tierra misma, con erupciones y lluvias de ceniza, selló escenas del pasado. Huele a polvo húmedo y a piedra caliente; el barro se pega a las manos mientras se trabaja el animal. Por el norte, en llanuras y bordes áridos, también se cazaba, aunque los sitios y las fechas varían mucho de región a región.
Los grandes animales —mamuts, camélidos y otros— desaparecieron del registro de la cuenca cerca del final de aquella época helada. El clima cambió, volcanes sacudieron el valle, y la caza humana forma parte del debate: no hay un solo culpable de cuento escolar. Tampoco conviene dar por cerrado que el famoso esqueleto de Tepexpan sea de aquella edad glacial; hoy se le mira en tiempos más recientes, con la misma cautela con que se mira un hueso frágil bajo la ceniza.
Así se cierra un capítulo: el mundo de bestias enormes se apaga, y las familias aprenden a vivir de aves, plantas y caza menor. Quedan piedras afiladas, huesos en el barro y la pregunta abierta de cómo se transformó el paisaje cuando el frío se fue.
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