Cuando el último gran frío aún respiraba sobre las montañas, otras orillas dibujaban el mapa de lo que hoy llamamos México. El mar estaba más lejos; playas anchas y valles abiertos ofrecían caminos: unos por la costa del Pacífico, otros por llanuras y cuencas interiores. Nadie carga un letrero con la fecha exacta de la primera pisada.
En la Cuenca de México, junto a lagos antiguos, quedaron restos humanos cuya edad se acerca a trece o once mil quinientos años atrás. En cuevas hoy sumergidas cerca de Tulum, en Quintana Roo, también se hallaron esqueletos tempranos; algunos huesos parecen muy antiguos, pero el hueso a veces es frágil y las mediciones no siempre coinciden, así que conviene mirarlos con cuidado, como quien sostiene algo que se puede romper entre los dedos.
No hubo un solo «primer mexicano» ni una ruta cerrada. Llegaron familias que conocían el viento, la caza y las estaciones que cambiaban. En algunos lugares aparecen puntas de piedra distintas a las famosas del norte lejano; en otros, el debate sobre huellas o carbones más viejos sigue abierto, como una puerta entreabierta.
Imagina una noche junto al lago: humo bajo, agua oscura, barro frío que se pega a los tobillos, el olor a pez y a tule quemado. Un niño aprende el nombre de una estrella mientras alguien sopla el fogón. Así empezó, sin ciudades ni emperadores, la larga historia humana en estas tierras.
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