En la sierra la noche baja de cero. El viento roba el calor del cuerpo. En Guitarrero, textiles y cordeles de fibra vegetal datados directamente hacia hace unos once mil años —esteras y cuerdas de agave y bromeliáceas— muestran cómo se abrigaban. Postes y clavijas de madera encajan con paredes de cuero. Raspadores, piedras de bruñir y ocre llenan kits de altura en Asana, Telarmachay y Cuncaicha: pieles raspadas, teñidas, convertidas en ropa y, quizá, en tiendas contra el hielo.
En la costa el clima es más suave, pero la garúa moja y enfría. En Paloma, fogones de ramitas dentro de la casa daban calor; fogones de canto afuera cocinaban. Antes del algodón, la gente se envolvía en esteras de junco, totora o maguey y en pieles de camélido o de lobo marino. Más de cincuenta estructuras domésticas en el área excavada de Paloma cuentan ese abrigo cotidiano. El algodón vendría después; aquí el vestuario temprano es fibra vegetal y cuero.
Misma necesidad humana: no perder calor hacia el suelo ni hacia el aire. Menús distintos de material según el piso ecológico. Sin fuego, cuero y fibra, la permanencia en la puna y la aldea costera se caen. El abrigo silencioso hizo posible el mapa arcaico entero.
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