Al este de la cordillera, la ceja de selva es bosque de niebla en laderas empinadas. La evidencia temprana es delgada. Hay que decirlo así. En Manachaqui, un abrigo a unos tres mil seiscientos cincuenta metros en el corredor de Pataz hacia el Abiseo, fechas publicadas hablan de uso hacia hace unos doce mil años, con raspadores, buriles y puntas pedunculadas. Church lo describe como campamento de caza, habitación semipermanente y refugio de viajeros en rutas entre sierra y Amazonía alta, con unos diez mil años de uso.
Más al norte, en la región de Chachapoyas, excavaciones recientes muestran forrajeros al menos desde el Holoceno Medio, hace unos cinco mil cuatrocientos años. Una posible ocupación más temprana, hacia hace unos diez mil seiscientos años, todavía es posibilidad, no piso asentado. Domesticados aparecen hacia el final del Precerámico; modos mixtos de forrajeo y producción siguen después.
Lo conocido: abrigos en bosque nublado usados para cazar y atravesar. Herramientas y restos que no copian exactamente el Paiján costero ni la puna. Lo desconocido: aldeas densas del Holoceno temprano comparables a la costa o a Junín. No se inventan ciudades amazónicas desde campamentos de corredor. Esos primeros pasos al este importan porque plantas, gente e ideas después cruzaron ese cinturón. Hay que ser honestos: todavía se sabe poco con seguridad.
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