Llego al mercado de flores con el cielo todavía gris, saliendo de Boyle Heights. Elijo tallos que aguanten el sol: rosa, clavel, gerbera. Cubetas, tijeras, listón, papel. Corto en sesgo —el agua sube mejor así— y armo ramos de semáforo y ramos de iglesia. El moño tiene que quedar tenso: si se suelta, el ramo no se vende.
Cargo la camioneta y armo el puesto en un cruce que ya conozco. Se pone roja la luz y levanto el ramo a la altura del cristal. Entre semana el movimiento es más corto; el fin se llena. Roto: lo que mira al sol se cambia, lo que se abre se vende primero. No dejo un ramo flojo. Madres, novios, el que va a una misa, el que sale del hospital. Quedan porque el ramo llega derecho y el agua viene fresca.
Al mediodía como unos tacos de la lonchera, las manos olorosas a clavel, y le enseño el moño a un compañero. Por la tarde el semáforo no para. A veces el de la funeraria me compra el stock del fin: sabe que yo roto y no le doy flor cansada. Cuento el sobre de la esquina. Sueño con un localito junto a la iglesia, con cubetas a la vista y listón a la mano.
Cuando baja la luz, cargo lo que sigue vivo, tiro solo lo que ya no se salva y dejo el cruce limpio. Mañana otra vez: mercado, tijeras, el primer ramo del día.
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