Afilo las cuchillas en el remolque cuando el Inland Empire todavía está en sombra. Cortacésped, sopladora, recortadora, rastrillo, bidón de combustible, tapones. Si la cuchilla no corta limpio, el césped se deshilacha y se ve. Reviso aceite, cargo la camioneta, la cuadrilla sube. Primera parada de la ruta: residencia, el driveway todavía vacío.
Corto, orillo en línea, soplo de adentro pa’ la calle. El orillo es lo que se fotografía. Unas casas piden solo césped; otras, seto y el filo del jardín entero. En un día bueno cerramos ocho o diez: residencias, un condominio, la esquina comercial. Le paso tapones al nuevo y le muestro la pasada. No dejo una hoja en la entrada.
Al mediodía como una torta a la sombra de un árbol de la ruta, diez minutos, y vuelvo. El sol ya pega; bebo del cooler y sigo. Reviso las cuchillas otra vez: si no están afiladas, el trabajo se ve. Por la tarde subo y bajo del camión con las bolsas verdes. La dueña del condominio ya pide «el de la línea recta». A veces manda a preguntar el del country club, a ver si les armo una ruta. El último patio queda igual de parejo que el primero.
El patrón cierra la ruta y me pagan el día. El olor a pasto cortado me acompaña a casa. Voy juntando pa’ mi propia camioneta y mi propia lista de martes. Mañana otra vez: cuchillas, remolque, la primera casa de la ruta.
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