Mezclo el primer bulto en Las Vegas cuando el desierto todavía no quema. Cuchara, nivel, plomada, revolvedora, rodilleras, block, arena, cemento. El mortero va al punto: ni sopa ni piedra. Si queda flojo, el block baila; si queda duro, no asienta. Eso se decide en el primer balde.
Asiento a plomo. Cada pieza es un golpe seco y una mirada a la hilada de atrás. El muro torcido se ve pa’ siempre y el mío no. Por la mañana son banquetas o el primer metro de muro; el peón trae block, el capataz pasa el nivel. Le enseño al nuevo a leer la plomada: la burbuja se queda quieta o se trabaja otra vez.
Al mediodía como a la sombra del camión —burrito, agua del cooler— y vuelvo. El calor ya acelera el fraguado; yo trabajo más limpio, no más recio. Por la tarde las rodillas están calientes y la línea sigue. Patio, muro, otra hilada. Subo block, bajo la carretilla, reviso la esquina con el ojo antes de que el nivel me desmienta. El inspector de obra a veces se para, mira la plomada y asiente. Eso vale más que un cumplido.
Cerramos cuando el sol baja. Me pagan el día. Me miro las manos —cal, callos— y la línea se ve desde la calle. Sueño con contratos de banquetas en mi ciudad, con mi propia mezcladora. Lo que dejo hoy se queda parado. Mañana otro bulto, la misma cuchara.
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