A las cinco y media ya chilla la aspiradora en el lote de Victory, en Van Nuys. Pruebo la presión de la manguera, aparto microfibras —una pa’l cristal, otra pa’ la pintura— y dejo cera y negro de rines a la mano. Botas de hule, esponja, jabón. El primer carro del día suele ser un sedan; si es blanco, afino la mano: menos jabón, enjuague largo, secar de arriba pa’ abajo pa’ que no quede gota.
No me salto el ciclo. Aspirar, enjabonar, enjuagar, secar, cera, rines. Cepillo de tela pa’l SUV, otro pa’l pickup que trajo lodo del freeway. No mezclo químicos. En un día bueno me caen veinte, veinticinco. El de la oficina quiere solo exterior y sale rápido; la señora del CR-V pide el detalle completo y se baja a mirar el interior. Quedan porque el brillo se ve y el asiento huele a limpio.
Al mediodía como un burrito atrás, con la cuadrilla, y le muestro al nuevo a no restregar en círculos. El asfalto quema y el piso está mojado: yo no bajo el estándar. Por la tarde llegan los de oficina y a veces una limusina de la funeraria, negra, pa’l sábado. Esa la dejo como espejo. Las propinas van al bolsillo; voy juntando pa’ una van de detailing con mi nombre en la puerta.
Cierro cuando se encienden las luces del lote. Enjuago herramientas, dejo las microfibras colgando, el piso lo mejor que se puede. El lote se va con el cielo encima. Mañana otra vez, desde la aspiradora.
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