Hace milenios, la Cuenca de México —a las afueras de lo que hoy es la Ciudad de México— era un valle cerrado de lagos bajos, pantanos y orillas fangosas. Cenizas de volcanes cercanos cayeron una y otra vez; esas capas ayudan a ordenar el tiempo, aunque el viento y el agua a veces mezclan lo que quedó bajo el tule.
Allí la gente cazaba aves acuáticas, recogía plantas de ribera y, cuando aún existían, aprovechaba animales grandes atrapados en el lodo o cazados cerca. Sitios como Tlapacoya guardan señales tempranas de presencia humana junto a esas aguas. Vivir del lago era rico en comida y también riesgoso: inundaciones, sequías y erupciones obligaban a adaptarse, no a «dominar» el agua.
Importante para este relato: los jardines flotantes de épocas mucho más tardías no pertenecen a este capítulo. Aquí hablamos de campamentos en la orilla, de redes y recolección, de humo sobre el tule y de niños que aprenden a distinguir el canto de las aves al amanecer.
El vapor sube del espejo del lago; alguien afila una piedra; otro tiende fibras. El valle respira entre montañas. Así, entre ceniza y agua dulce, creció una manera de vivir que prepararía —mucho después— otros modos de habitar el mismo valle. Por ahora basta el chapoteo, el frío del barro y la certeza de que el lago era hogar y maestro.
1312 characters