Hace unos doce mil ochocientos a diez mil seiscientos años, en la sierra de Ancash del Perú, en la Cueva del Guitarrero —a unos dos mil quinientos ochenta metros sobre el río Santa—, familias usaron esa cavidad seca como base: cazaban venado y presa chica; tallaban madera, hueso y asta; raspaban cueros. El abrigo guarda calor de fogón y olor a fibra. En niveles tempranos hay indicios de postes y clavijas de madera compatibles con abrigos de piel.
Sobre todo trabajaban plantas. Rollos de fibra procesada, docenas de cordeles —con nudo y sin nudo—, textiles finos y fragmentos de esteras en técnicas de tejido abierto y cerrado. Fibras de bromeliáceas y de la familia del agave. Fechas directas sobre esos objetos de cuerda y tela sitúan esa ventana segura. El trabajo de fibra sugiere que había mujeres en esos grupos tempranos de altura.
Mucho se dijo de frijoles domésticos hallados junto a carbón antiguo. Esa lectura antigua cayó cuando se dataron los frijoles mismos: en los Andes el frijol común aparece miles de años después, y el pallar también mucho más tarde que aquella cifra de diez mil años. La cueva enseña abrigo, cordaje, esteras y ropa contra el frío nocturno —no una aldea agrícola. Es la mejor ventana orgánica de cómo la gente de altura media se abrigaba milenios antes de las ciudades.
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