Hace más de once mil años, entre la costa sur y la sierra sur del Perú —entre Quebrada Jaguay y la sierra de Alca—, alguien caminó días río arriba hasta Cotahuasi y bajó lascas de obsidiana hasta la orilla. La obsidiana es vidrio volcánico. Corta más limpio que muchas riolitas de costa. Veintiséis lascas de Alca en el componente antiguo: prueba dura de que costa y sierra se conocían. La caminata lineal ronda los ciento cincuenta kilómetros; a pie, muchas horas de quebrada, frío y sed.
Más al sur-centro, en Pampa Lechuza, puntas Paiján de obsidiana de Quispisisa —fuente a cuatro mil metros en Ayacucho— viajaron unos ciento ochenta kilómetros en línea, más de doscientos cincuenta a pie. Llegaron piezas casi terminadas: no solo nódulos crudos. En el Osmore, cuando Asana se vuelve más permanente, bajan los materiales costeros en los conjuntos de altura: la movilidad se reorganiza, no desaparece.
Mecanismos posibles: ir uno mismo a la cantera, intercambiar con otro grupo, llevar preformas en la ronda estacional. No hay un mapa único de “ruta comercial” para todo el Arcaico. Movilidad era trabajo: cargar piedra, compartir noticias, casarse entre valles. También era memoria de pasos: dónde hay agua, dónde hay niebla, dónde corta mejor el filo. El Perú arcaico ya era tierra conectada. La obsidiana lo demuestra sin necesidad de pirámides.
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