Hace unos trece mil a ocho mil años, en la costa sur del Perú, en Quebrada Jaguay, el arroyo estacional corta el desierto hiperárido y familias pesqueras acamparon en la ribera. Hubo casas con postes —entre los más tempranos conocidos en América—, fogones y talleres de piedra. No recogían cualquier cosa: elegían especies de pez y marisco.
En los niveles antiguos llegó obsidiana de Alca, a unos ciento treinta kilómetros tierra adentro. Eso habla de contacto con la sierra y de movimientos estacionales costa–Andes. En el Holoceno temprano, algunas síntesis sugieren que ciertos grupos pudieron vivir todo el año en la costa: verano junto al agua de la quebrada; invierno subiendo a las lomas de niebla donde reverdecía la ladera.
Cerca, en Quebrada Tacahuay, hace unos doce mil setecientos a doce mil quinientos años, un fogón y herramientas de corte quedaron junto a aves marinas y peces procesados. Flujos de lodo al estilo El Niño sepultaron y conservaron ese momento. Jaguay y Tacahuay no son el mismo campamento. Son dos ventanas del mismo ritmo sureño: proteína del mar y verdes de la niebla. Después de hace unos ocho mil años, la región de Jaguay muestra un largo hueco seco en muchos registros. Antes de eso, el sur costero ya sabía vivir entre ola y bruma.
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