Hace más de diez mil años, en la costa norte y la sierra del Perú, en talleres de piedra, alguien golpea un nódulo antes del sol alto. En Cupisnique o Pampa de los Fósiles suenan lascas Paiján. En un abrigo de Junín o un taller de Pucuncho guardan puntas y raspadores. El día de trabajo es el mismo oficio con menús distintos de roca. Las manos se llenan de polvo; el golpe rítmico marca la mañana.
Cantera de riolita. Prueba de obsidiana. Llevar preformas bifaciales al taller. Horas de percutor blando y retoque a presión para terminar una punta pedunculada Paiján o una punta de orejas de la sierra. Afilar limaces y unifaces hasta agotarlos. Despostar y raspar cueros con esas mismas piezas. En la costa, basurales enormes de lascas; en la altura, herramientas de caza y de cuero que a veces acompañaron a personas en la tumba.
La obsidiana viaja. En Quebrada Jaguay hay lascas de Alca desde el Pleistoceno final. En Pampa Lechuza, al sur-centro, puntas Paiján de obsidiana de Quispisisa —fuente a unos cuatro mil metros, a cientos de kilómetros de caminata— muestran productos casi terminados llegando hacia la costa. No sabemos si cada punta era para pez o para presa de tierra: eso sigue discutido. Lo claro: la piedra era labor hábil, compartida y repetida. No había fábrica. Había manos, ojos y rutas de roca que unían regiones —y el olor a piedra recién partida al mediodía.
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