Hace unos siete mil a cuatro mil quinientos años, en la costa central del Perú, en la quebrada de Chilca, el aire huele a junco húmedo y a mar. En Paloma, al borde norte del valle, familias cavaron casas circulares u ovaladas en basurales viejos. Postes de sauce y caña de totora sostenían esteras. Dentro, un fogón chico que calienta pies y manos. Afuera, a veces, otro para cocinar. El humo se pega al junco; al amanecer la estera está fría y salobre.
Los pisos se limpiaban y se rehacían en capas. Había batanes pesados, yunques, muebles de hueso de ballena y hoyos de almacenamiento. La comida venía sobre todo del mar, pero también de las lomas verdes en invierno y del oasis del río. Llegó obsidiana desde casi trescientos kilómetros tierra adentro. Al menos una persona enterrada en Paloma muestra señales de haber vivido en la sierra: la costa y la altura ya se conocían.
Los muertos descansaban en pozos dentro de casas abandonadas. No era un campamento que se desarmaba cada semana. Había casas durables y rondas de recolección: base en el pueblo y salidas a buscar comida. Aquí se ve con claridad la vida cotidiana de una aldea costera arcaica: estera, fogón, moler, guardar, enterrar en casa. Antes de los grandes centros del litoral, ya había hogares con techo de junco y olor a sal.
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